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Por Acción Contra el Hambre, miembro del Comité de Emergencia Español
Este 28 de mayo, Día Mundial contra el Hambre, nos enfrenta a una realidad que la comunidad humanitaria nunca había documentado. Por primera vez desde la creación de la Clasificación Integrada de las Fases de la Seguridad Alimentaria (IPC), el sistema que mide y evidencia el hambre en el mundo, se han declarado hambrunas simultáneas en dos contextos de conflicto distintos: Sudán y Gaza.
Desde el Comité de Emergencia Español, donde trabajamos de forma conjunta para ofrecer una respuesta rápida y eficaz ante las crisis más graves, insistimos en una idea clave: el hambre aguda no es un fenómeno natural ni un fallo técnico. Es el resultado directo de decisiones políticas y económicas que acaban bloqueando la vida de millones de personas.
Sudán y Gaza: cuando lo excepcional se convierte en realidad
En Sudán, tras tres años de un conflicto devastador, el país se ha convertido en el epicentro mundial del hambre aguda. Más de 25 millones de personas (la mitad de la población) sufren niveles críticos de inseguridad alimentaria. La violencia ha destruido mercados, interrumpido cosechas y bloqueado las rutas comerciales esenciales, provocando la mayor crisis de desplazamiento interno del mundo, con casi 14 millones de personas obligadas a abandonar sus hogares. En 2025 se confirmaron hambrunas en El Fasher y Kadugli, y el riesgo de que se extiendan a otras regiones en 2026 es inminente si no se garantiza el acceso humanitario.
Por otro lado, en Gaza la velocidad del deterioro nutricional es alarmante. Desde octubre de 2023, las necesidades han escalado de forma vertiginosa, con un aumento del 700% en la desnutrición infantil en algunas etapas del conflicto.
Actualmente, 1,6 millones de personas enfrentan inseguridad alimentaria aguda y más de 100.000 están en riesgo directo de hambruna. La destrucción de infraestructuras vitales ha dejado a la población con menos de seis litros de agua al día, muy por debajo de los estándares mínimos de supervivencia.
Más allá de estos dos focos, pero con una gravedad creciente, el Líbano emerge como una crisis crítica en la región. La escalada de la violencia ha desplazado a 1,2 millones de personas, lo que supone un tercio de su población. Las previsiones indican que alrededor de 1,24 millones de personas se enfrentarán a una inseguridad alimentaria aguda entre abril y agosto de 2026. Cuestiones como el colapso de los medios de vida agrícolas en el sur, la falta de espacio y recursos en los refugios, tienen como consecuencia una crisis nutricional profunda y silenciosa.
África: el desafío de romper el ciclo del hambre aguda
A pesar de que la atención mediática está focalizada sobre los conflictos actuales, África sigue concentrando la mayor parte de la emergencia alimentaria global. Más del 60% de las personas que sufren inseguridad alimentaria grave en el mundo viven en el continente africano. Consecuencia de una combinación letal de conflictos prolongados, la emergencia climática y una brecha histórica en la financiación.
En regiones como el Sahel central (Mali, Níger, Burkina Faso), las alertas del IPC se repiten año tras año sin que la inversión en prevención y resiliencia sea suficiente. En Mali, la población se encuentra atrapada en niveles catastróficos de hambre. Y en otros países como Somalia, la ayuda a menudo llega demasiado tarde para salvar vidas, lo que refuerza el dato de que en África se concentran los ejemplos más graves de alertas desatendidas.
En este contexto la alarmante crisis de financiación tiene sus consecuencias más visibles: entre 2022 y 2025, los fondos para alimentación y nutrición cayeron un 59%, obligando a las organizaciones a tomar decisiones imposibles, como reducir las raciones o suspender programas vitales en zonas donde la mortalidad es evitable. La invisibilidad de estas crisis contribuye a su cronificación; aunque los sistemas de alerta temprana funcionan bien, la respuesta global suele llegar tarde o ser insuficiente.
El hambre se puede evitar
En medio de este panorama, hay algo importante que no podemos perder de vista: el hambre es evitable.
La lucha contra el hambre en emergencias humanitarias requiere ir más allá de la asistencia puntual. Es urgente garantizar el acceso humanitario seguro, proteger la infraestructura civil y, sobre todo, recuperar la financiación perdida. Los servicios de agua, saneamiento e higiene son, junto a la nutrición, la herramienta más eficaz para salvar vidas de forma inmediata tras una emergencia.
En Acción contra el Hambre, trabajamos incansablemente en la primera línea de estas crisis, proporcionando tratamiento nutricional, agua segura y apoyo a los medios de vida en contextos tan difíciles como Sudán, donde hemos apoyado a casi dos millones de personas, en Gaza y en Líbano, donde nuestros equipos continúan operando pese a la inseguridad extendida. Nuestra experiencia técnica y presencia en el terreno son pilares fundamentales de la respuesta que articulamos desde el Comité de Emergencia Español.
Por eso, este 28 de mayo no es solo una fecha para recordar. Es una llamada de atención. Porque el hambre no es inevitable. Y precisamente por eso, no podemos permitirnos normalizarlo.
Hoy más que nunca, actuar salva vidas: contribuye al Fondo de Emergencia del Comité y sé parte de la respuesta.
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