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Por Asunción Taboada Lanza, responsable de Acción Humanitaria de la ONG Entreculturas
El próximo 14 de septiembre está previsto que comience el curso 2026-2027 en Venezuela. Para miles de familias no será una vuelta al colegio convencional. Parte del alumnado tendrá que incorporarse a un centro distinto, mientras numerosas comunidades educativas continúan afrontando las consecuencias de los terremotos del 24 de junio.
Cada vuelta al cole debería ser una oportunidad para continuar aprendiendo y formándose, para reencontrarse con amistades y docentes, para jugar y también para recuperar rutinas. Pero, después de una emergencia, regresar a las aulas implica mucho más que volver a clase: significa garantizar espacios seguros, materiales, alimentación y apoyo emocional para niños, niñas y adolescentes.
Esta realidad cobra un significado especial en torno al Día Internacional de la Alfabetización, que se celebra cada 8 de septiembre. En su 60.º aniversario, la UNESCO nos vuelve a recordar que la alfabetización es un derecho humano fundamental y que supone no solo aprender a leer y escribir, sino también mantener el proceso educativo cuando una catástrofe altera la vida cotidiana.
Un inicio de curso marcado por los terremotos
Los dos terremotos, de magnitud 7,2 y 7,5, afectaron a Venezuela con apenas un minuto de diferencia. En los primeros días, Naciones Unidas estimó que 1,8 millones de personas, entre ellas 680.000 niños y niñas, necesitaban asistencia humanitaria y se identificaron 432 escuelas dañadas solo en el Distrito Capital.
Estos datos muestran cómo, lamentablemente, el comienzo del curso no será igual en todas las zonas. Las autoridades venezolanas han anunciado que el alumnado de 91 escuelas afectadas tendrá que ser reubicado en centros próximos a sus lugares de residencia, ya que 11 de esos edificios colapsaron y otros 80 presentan daños estructurales. A finales de agosto, además, 67 escuelas habían sido habilitadas como alojamientos temporales para personas que perdieron sus viviendas o cuyas casas quedaron gravemente dañadas.
Detrás de estas cifras hay comunidades que deben resolver, al mismo tiempo, dónde vivir y dónde continuar estudiando. Recuperar una escuela exige revisar su seguridad, reparar los daños y restablecer servicios como el agua o la electricidad. Pero también requiere acompañar a quienes regresan después de haber vivido una experiencia traumática.
Una vuelta al cole que necesita protección y apoyo
Para la infancia que ha vivido un terremoto, pérdidas o desplazamientos, la escuela puede convertirse en un espacio fundamental de protección. Por eso, además de continuar con su actividad educativa, los centros necesitan ofrecer acompañamiento psicosocial, actividades recreativas y lugares donde niños, niñas y adolescentes puedan recuperar la seguridad y las rutinas.
En Venezuela, el programa Aulas Abiertas que desarrollamos muestra la importancia de reforzar estos espacios. La iniciativa se desarrolla en siete centros educativos y tiene como objetivo atender a 1.750 niños, niñas y adolescentes de entre 3 y 18 años. Durante su primera semana se registraron 1.387 participantes, casi ocho de cada diez de la meta prevista.
Aulas Abiertas incorpora talleres lúdicos, apoyo psicosocial y actividades recreativas y deportivas. Durante esa primera semana también se realizaron intervenciones de contención emocional dirigidas tanto a la infancia y la adolescencia como al personal educativo. No se trata únicamente de mantener actividades escolares, sino de ofrecer un entorno en el que sea posible relacionarse, expresarse y recuperar cierta normalidad.
Materiales, alimentación y apoyo a quienes educan
Garantizar la continuidad educativa también significa asegurar recursos básicos. En la primera semana del programa se entregaron 1.407 kits de materiales y se garantizó la cobertura de meriendas para las personas participantes. La alimentación escolar y las ayudas a las familias son especialmente importantes en contextos de vulnerabilidad, ya que permiten reducir algunas de las barreras económicas que pueden dificultar la asistencia y permanencia de los niños y niñas en la escuela.
Pero las necesidades no terminan ahí. El funcionamiento de los centros también se ve afectado por problemas de infraestructura, como interrupciones del suministro eléctrico y fallos de conectividad, que dificultan incluso las tareas básicas de seguimiento y organización.
El personal docente, las personas responsables de la coordinación y los equipos educativos necesitan recursos y acompañamiento para atender a una infancia que atraviesa situaciones especialmente difíciles. En el programa, 54 personas recibieron formación antes del inicio de las actividades y los equipos contaron con acompañamiento pedagógico durante su desarrollo.
Desde la ONG Entreculturas, junto con nuestras organizaciones socias y el apoyo del Comité de Emergencia, trabajamos para que la educación forme parte de la respuesta humanitaria desde los primeros momentos y para acompañar a las comunidades durante su recuperación. Nuestra intervención en Venezuela incluye alojamiento temporal, distribución de alimentos y artículos esenciales, servicios de protección y apoyo psicosocial. También contempla espacios seguros de educación no formal para la infancia.
En una segunda fase, el trabajo se centrará en la reconstrucción de centros educativos con criterios sismorresistentes, la preparación de las escuelas ante futuras emergencias y el acompañamiento psicosocial continuado. Porque, después de una catástrofe, no se trata únicamente de reparar edificios: se trata de recuperar espacios en los que aprender, sentirse a salvo y reconstruir los vínculos de la comunidad.
La vuelta al cole no consiste solo en abrir las puertas de las aulas. Consiste en garantizar que cada niño, niña y adolescente pueda volver a un espacio seguro, con materiales, alimentación y apoyo emocional, y que sus familias y el personal educativo tampoco tengan que afrontar en soledad las dificultades.
Ayúdanos a que la vuelta al cole sea también una vuelta a las oportunidades.
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